No hay lugar para la “creatividad salvaje” en la Liturgia, asegura Obispo

15 abril 2018

Foto referencial: Pixabay dominio públicoRedacción (ACI Prensa. 16 de abril de 2018 – 4:50 pm.) El Presidente de la Comisión Episcopal Pastoral de Liturgia en Brasil, Mons. Armando Bucciol, aseguró que no hay lugar en la liturgia de la Iglesia para la “creatividad salvaje”.

Así lo indicó el Prelado en el marco de la asamblea general del Episcopado brasileño que se realiza en la localidad de Aparecida hasta el próximo viernes 20 de abril.

En conferencia de prensa, realizada el pasado viernes 13, el también Obispo de Livramento de Nossa Senhora se refirió a los diversos abusos litúrgicos que ocurren en el país.

“Nadie en la Iglesia es dueño de la Liturgia. Yo no soy dueño, soy un servidor. También el Papa es servidor de la Iglesia, el primero. Y por lo tanto no puedo manipular la liturgia a mi parecer. En segundo lugar está lo que llamo ‘creatividad salvaje y fantasía’”, aseguró el Prelado.

El Obispo expresó su deseo de que “poco a poco todos los sacerdotes que manipulan la liturgia con la ‘creatividad salvaje’ comprendan que no es por ahí que se evangeliza”.

El Prelado dijo luego que “hay numerosos espacios en la Liturgia de la Iglesia para la creatividad sobria, fecunda y profunda. Creo que una persona que la comprende desde adentro y vive en la Liturgia aquello que celebra, con certeza transmitirá a los que participan de ella una fuerza transformadora que ilumina, que consuela y que fecunda la vida. Es por ahí que debemos caminar”.

El Obispo indicó también que los sacerdotes “somos ministros del altar para que Cristo crezca y no para el padre que celebra. Dentro de ese esencial análisis, la comisión (que preside) está llamada a orientar, corregir, pero siempre con profundo respeto. Cuando se ‘adorna’ demasiado, la liturgia pierde su belleza”.

Si bien el Prelado reconoció que “la fuerza del Espíritu” puede superar cualquier norma, precisó que la manipulación de la Liturgia “empobrece y confunde”.

“Personalmente, también nosotros en la comisión, como obispos en general, varias veces hemos llamado la atención para que eso no suceda”, agregó.

La Comisión para la Liturgia del Episcopado brasileño presentará a los más de 400 obispos reunidos en asamblea una reflexión sobre liturgia y evangelización en el contexto del tema central del encuentro que es la formación de los sacerdotes.

Traducido y adaptado por Walter Sánchez Silva. Publicado originalmente en ACI Digital.

Foto: Pixabay dominio público.

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¿Por qué pedimos a María intercesión “en la hora de nuestra muerte”?

14 abril 2018

DEATHEsta frase del Ave María es humilde pero muy poderosa

Aleteia (14 de abril de 2018) En la oración por excelencia a la Virgen, el Ave María, la frase final dice: “ruega por nosotros, que somos pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Esta frase, si uno reza el rosario a diario, la repite al menos 50 veces.

¿Por qué tanta insistencia? Sólo puede ser una razón: porque la Iglesia reconoce que, en la hora de la muerte, la intercesión de la Virgen es muy necesaria y extremadamente eficaz.

Para comprender esta necesidad, hay que tener presente que la hora de la propia muerte es la más decisiva y difícil de todas. Es la hora del combate supremo. Una buena muerte puede reparar los errores de toda una vida, y alcanzar la misericordia divina.

El ejemplo del buen ladrón del evangelio: Su vida estaba manchada por varios crímenes, que le llevaron a merecer ser ajusticiado. Pero poco antes de morir, se arrepintió, fue perdonado, y recibió la seguridad del mismo Cristo de que ese mismo día estaría con Él en el Paraíso.

Sin embargo, también puede suceder al contrario: en el último instante de la vida, uno puede dar la espalda a Dios, y aun cuando llevara una vida virtuosa, podría en el momento supremo renegar de todo ello y comprometer su salvación eterna.

El momento de la agonía

Las historias de los santos, san Francisco de Asís, san Andrés Avelino y tantos otros, muestran que el momento de la muerte es también el momento de la lucha espiritual más fuerte. No es casualidad que muchos moribundos llamen a su madre biológica en esos duros momentos, como buscando un consuelo maternal, incluso aunque esta ya haya muerto.

La Iglesia, consciente de la gravedad de ese momento en la vida de un cristiano, dispone ayudas espirituales importantes, como el sacramento de la Unción de los Enfermos. Y propone también acudir al auxilio de la Virgen María: Santa María, ruega por nosotros en la hora de nuestra muerte.

Para los cristianos, poder invocar a María en esos momentos es un consuelo a la vez humano y espiritual muy profundo. Su intercesión es poderosa en el momento de las tinieblas, y Ella es capaz de enternecer el corazón más duro y de lograr una verdadera conversión. Esta creencia ha sido constante en los grandes santos y padres de la Iglesia

“Cuando llega la última hora de un devoto de Nuestra Señora – dice san Buenaventura -, esta buena Madre le envía los espíritus angélicos que están a sus órdenes, juntamente con san Miguel, su jefe. Y Ella, que es el flagelo del infierno – como dice san Juan Damasceno – Ella que tiene, por misión, el odio a la serpiente infernal, le hace sentir, sobre todo cuando alguno de sus devotos abandona este mundo, todo su victorioso poder. Ella es para el demonio, en esta ocasión, terrible como un ejército en orden de batalla. Se vuelve contra él como esa torre de la que habla el Cantar de los Cantares, donde mil escudos están levantados con las armas de los más valientes”.

“¡No, un servidor de María no puede perecer!” – declara san Bernardo. – “¡No, aquel por quien María se dignó rezar no puede ya tener dudas de su salvación y de su ida a la gloria del Cielo!” – dice san Agustín.

“¡No, aquel por quien María rezó una vez no perecerá! ¡No, quien reza piadosamente todos los días el Ave María no será abandonado en la última hora!” – exclama también san Anselmo. Esta oración posee todas las cualidades capaces de volverse infaliblemente victoriosa.

En primer lugar, ella es santa en su motivación. ¿Qué pedimos por ella? La perseverancia final “en la hora de nuestra muerte”. Además, esta oración es humilde. Por ella confesamos a María Santísima nuestra miseria, revistiéndonos de un título que nos define muy bien: “pobres pecadores”.

Es también una oración confiante, pues nos dirigimos a la más poderosa intercesora que pueda haber, Aquella que es llamada de “Omnipotencia suplicante”, en vista de su santidad preeminente y de su dignidad incomparable de Madre de Dios: “Santa María, Madre de Dios”.

Esta oración es perseverante. ¿Qué oración puede ser más perseverante? Aunque, por suposición, sólo rezásemos un Ave María por día, ¿cuántas veces durante nuestra vida le habremos pedido que interceda por nosotros en la hora de la muerte? ¿Y cómo será si rezamos al menos un misterio del rosario? ¿Más aún si tenemos la costumbre de rezar diariamente un rosario entero? ¿Será posible que María Santísima, tan celosa de nuestra salvación, no nos escuche?

Tomemos, pues, la resolución de rezar todos los días de nuestra vida, con una nueva fe, una nueva confianza y un nuevo cuidado, esta corta pero tan bella y eficaz oración, el Ave María. Así obtendremos cada día aquellas gracias particulares que necesitamos y, sobre todo, la gracia necesaria al final de la vida, la mayor de ellas, la más importante de todas las gracias, la gracia de perseverar hasta el final.

(Adaptado de “L’Ami du Clergé” nº 39, de 23/9/1880)

Foto: Shutterstock-Photographee.e


¿Que se celebra el Domingo de Ramos?

25 marzo 2018

¿Qué celebramos el Domingo de Ramos?Ese día se celebra la entrada solemne de Jesús en Jerusalén y el relato de su pasión y su muerte en la cruz antes de entrar en la Semana Santa

1. El Día de Ramos es simbólicamente la “puerta de entrada” en la que los cristianos se preparan para entrar en la Semana Santa y, por tanto, para dirigirse a la Pascua. Todavía hoy, como en tiempos de Jesús, la bendición de las palmas atrae a multitudes.

Cada año, el Evangelio de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén le da todo su sentido a la bendición de las palmas. Se reviven los momentos en los que la multitud acoge a Jesús en la ciudad de David, “ciudad símbolo de la humanidad” (Juan Pablo II), como un rey, como el Mesías esperado desde hacía varios siglos.

Aclaman a Jesús a las voces “Bendito el que viene en nombre del Señor” y “Hosanna” (en hebreo, esto significa literalmente “¡Salva, pues!”, y se ha convertido en una exclamación de triunfo pero también de alegría y de confianza).

Jesús es un Rey pero un Rey de paz, de humildad y de amor. Sobre un asno, una montura modesta, un animal de carga, el Señor se presenta a la multitud. Zacarías había anunciado (9,9): “He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna”.

La gente tendía sus mantos a su paso, lo cubría de palmas, como relata Mateo en su Evangelio: “La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino” (Mt 21,8).

Todavía hoy, la bendición de las palmas atrae a multitudes, con un público a veces poco habitual seducido por estas palmas y ramas de olivo (o de boj, o de laurel, según los países) que se pueden conservar en casa hasta el año siguiente.

Símbolo de vida y de resurrección, el ramo es portador de bien, más que de buena suerte. Se coloca en las casas o adorna los crucifijos: hace entrar a Jesús resucitado en los hogares.

Estos ramos que se toman en las manos para aclamar la cruz de Cristo se colocan también a veces sobre las tumbas y entonces adquieren un significado funerario.

No es sólo para honrar la memoria de un ser querido, sino también para manifestar la propia esperanza de ver renovar y florecer la propia fe en la resurrección de Jesucristo, y en la de los muertos.

Normalmente, las parroquias organizan una procesión tras la bendición de los ramos, antes de la misa. En las grandes ciudades, la asamblea puede reunir hasta varios miles de personas. Los fieles entran después en la iglesia, detrás del sacerdote, lo cual significa que acompañan a Cristo Rey hacia su pasión.

2. Diversos testimonios revelan que Jerusalén ya celebraba en el siglo IV la entrada triunfal de Jesús en la ciudad. Una peregrina llamada Egeria, que recorrió Tierra Santa en el año 380, da testimonio de ello en un manuscrito hallado en 1884. Desde Jerusalén, la procesión se extiende al mundo entero…

Egeria, o Eteria, nos describe la procesión que, del Monte de los Olivos al Santo Sepulcro, celebra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén:

Y ya, cuando comienza a ser la hora undécima (17h), se lee aquel pasaje del Evangelio, cuando los niños con ramos y palmas salieron al encuentro del Señor diciendo: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. A continuación se levanta el obispo y todo el pueblo, se va a pie desde lo alto del Monte de los Olivos, marchando delante con himnos y antífonas, respondiendo siempre: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

En su testimonio, Egeria insiste en la gran participación de niños en esta procesión: “Todos los niños que hay por aquellos lugares, incluso los que no saben andar por su corta edad, van sobre los hombros de sus padres, llevando ramos, unos de palmas, y otros, ramas de olivo”.

Desde Jerusalén, la procesión se extiende a todo Oriente y hace del domingo inaugural de la Semana Santa el Domingo de Ramos.

Desde principios del siglo VII, llega a Hispania y probablemente a la Galia (certificada en el siglo IX) y después se desarrolla ampliamente en todo el imperio carolingio.

En Roma, en el siglo V, sólo se leía la Pasión. A principios del siglo XII, cuando los usos franco-germánicos penetran en Roma (tras su propia decadencia litúrgica), la Procesión de las Palmas se menciona en los libros romanos.

3. La celebración excepcional que propone la Iglesia católica el Domingo de Ramos remite a varios textos del Antiguo y del Nuevo Testamento que hacen entrar progresivamente al creyente en la celebración del “Misterio pascual de Jesucristo”.

Durante la misa, las distintas lecturas y el Evangelio de la Pasión (sobre los sufrimientos y suplicios que precedieron y acompañaron a la muerte de Cristo) introducen al creyente en la Semana Santa y en sus distintas etapas, a la luz de la Pascua.

Primero el profeta Isaías enseña que el Siervo de Dios acepta sus sufrimientos: “Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado” (Is 50, 6-7).

Después san Pablo explica que Jesús, Cristo y Señor, de condición divina, no ha retenido el rango que le igualaba a Dios, “sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo … por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre” (Fil 2, 6-11).

Entre estas dos lecturas, se intercala el Salmo 22 que el Señor rezó en la cruz y que es una interrogación profunda sobre el Misterio de su abandono:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Todos los que me ven de mí se mofan,
tuercen los labios, menean la cabeza:
«Se confió a Yahveh, ¡pues que él le libre,
que le salve, puesto que le ama!»
(···)

Pero esta llamada desesperada no queda sin respuesta porque el salmo termina así:

¡Mas tú, Yahveh, no te estés lejos, corre en mi ayuda,
Anunciaré tu nombre a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré!
Los que a Yahveh teméis, dadle alabanza.

Además el relato de la Pasión se hace a varias voces: la voz del sacerdote encarna al personaje de Jesús. Jesús sabe que su triunfo ha provocado la envidia y el furor de los sacerdotes, que han decidido matarlo.

Durante la última cena con sus discípulos (la Cena), instituye la Eucaristía: hace ofrenda de su cuerpo y de su sangre como “verdadera” comida y “verdadera” bebida que dan la Vida eterna, anticipando así a través de este gesto el sentido profundo de su próximo sacrificio, su muerte en la cruz: “Tomad, este es mi cuerpo… Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos”, relata el evangelio de Marcos.

Después Jesús lleva a sus discípulos al Monte de los Olivos y les advierte de lo que va a soportar. Ellos le prometen su apoyo incondicional.

Pero en medio de la noche, en el huerto de Getsemaní, Jesús es abandonado por estos mismos discípulos, que sucumben al sueño.

Él les había recomendado, sin embargo, que esperaran y velaran durante el tiempo que él rezara a su Padre un poco más lejos, después de haberles explicado que su “alma está triste hasta el punto de morir”.

Entonces Judas, uno de los doce apóstoles, llega para traicionarlo y entregarlo a las autoridades judías. Poco después, Pedro, atemorizado, niega conocer a Jesús confirmando lo que este último le había anunciado antes: «Yo te aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces”.

Juzgado escuetamente, Jesús es crucificado por los romanos. En camino a su resurrección, se rebaja a lo más bajo. Tras los cantos de alegría que le han acogido, son gritos e insultos los que le acompañan cuando, llevando su cruz, sale de Jerusalén.

4. Desde 1985, el Domingo de Ramos las diócesis están invitadas a organizar su Jornada Mundial de la Juventud, que representa una etapa hacia las JMJ internacionales (Madrid, Río, Cracovia,..), una iniciativa querida por Juan Pablo II, impresionado por el entusiasmo de los jóvenes por encontrarse, compartir y rezar juntos.

Los jóvenes son muy sensibles a esta celebración gracias al impulso dado, en 1984, por Juan Pablo II la víspera del Domingo de Ramos. Aquel año, la Iglesia celebraba el Año Santo de la redención, 1950 años después de la Pasión de Cristo.

Este papa que, como se sabe siempre estaba muy cercano a los jóvenes, quiso marcar ese año jubilar con su presencia entre ellos y les invitó a un Jubileo internacional de la juventud, en la plaza de San Pedro, en Roma.

Emocionado por la llegada de centenares de miles de jóvenes, Juan Pablo II declaró: “¡Qué espectáculo extraordinario veros hoy aquí reunidos! ¿Quién ha dicho que los jóvenes de hoy han perdido el sentido de los valores? ¿Es verdad que no se pueda contar con ellos?”.

A finales de ese año, Juan Pablo II confirió a los jóvenes cristianos de todo el mundo, como símbolo de su fe, una gran cruz sencilla constituida por dos planchas de madera. Esta cruz se ha convertido ahora en el símbolo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).

El encuentro de 1984 tuvo tanto éxito que se repitió al año siguiente, con ocasión del Año Internacional de la Juventud proclamado por la ONU.

El éxito será entonces mayor (300.000 jóvenes presentes) y a finales de año, Juan Pablo II anuncia la creación de la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebraría cada año en las diócesis, el Domingo de Ramos.

¿Por qué el Domingo de Ramos? “La respuesta os la habéis dado vosotros mismos, con vuestra venida a Roma de estos últimos años”, declaró el mismo papa en 1988, en su homilía de la misa del Domingo de Ramos.

Y añadió: “Vosotros vais a buscar a Jesús en el centro de su misterio, y el centro del misterio de Cristo es la muerte y la resurrección”.

Fuentes :
La Semaine Sainte, n°41, La Maison-Dieu.
La liturgie du Mystère Pascal, n°68, La Maison-Dieu.
La Iglesia en oración. Introducción a la liturgia, A.G. Martimort, Desclée y otros autores.
Celebrar a Jesucristo. La Cuaresma, Adrien Nocent, Editorial Sal Terrae.
Demeurez en ma parole, Méditations et prières, Collectif, Cerf
L’entrée du Christ à Jérusalem, XXXIV, Communio, Revue catholique internationale, 2009.
Théo, 1989, Encyclopédie catholique, Droguet-Ardant / Fayard.
La Liturgia de las Horas.
Prions en Eglise, Abril 2012.
Misal Romano.

Foto: ACI Prensa.


Origen, significado y estructura de las procesiones de Semana Santa

23 marzo 2018

¿Cómo es la Semana Santa en tu país, tu ciudad o tu pueblo?

Alvaro Real (Aleteia. 16 de abril de 2014) Nos pregunta un lector de Aleteia: “Ustedes podrían publicar una explicación sobre las procesiones de semana santa y cuál es su fin, yo no lo tengo claro. Muchas gracias”.

Cada procesión tiene sus particularidades, puesto que cada pueblo tiene unas tradiciones que se han ido incorporando al acervo cultural cristiano. En América Latina, gran parte de sus tradiciones proceden de la vieja España, así que hablaremos especialmente de ella.

La Semana Santa en España es muy rica y variada, y tiene tradiciones particulares de pueblos y regiones. En algunos lugares de España destacan los cantos o las saetas (Semana Santa Andaluza); en otros el silencio (Semana Santa Castellana) o el ruido de los tambores (Semana Santa en Hellín o en Cuenca). No obstante la mayoría de las procesiones tienen unas similitudes que intentaremos destacar.

Origen de las procesiones

Las tradicionales procesiones que vemos en Semana Santa tienen su origen en las procesiones que, desde la antigüedad, se realizaban en todos los pueblos y religiones. Los judíos ya realizaban procesiones en Pascua, Pentecostés y las Fiestas de los Tabernáculos, y los primeros cristianos se reunían para llevar los cuerpos de los mártires hasta el Sepulcro.

Es cierto que las procesiones de Semana Santa, tal y como se realizan en España tienen una gran similitud con las celebraciones de los triunfos romanos y es posible que, tras el Renacimiento, algunas de estas ornamentaciones de triunfo se fueran incorporando al ritual procesional.

Significado de las procesiones

La participación en una procesión significa un homenaje y un reconocimiento público a Jesús, a  la Virgen o a los santos que son portados en anda.

En la Semana Santa, además, existe un un motivo penitencial: los penitentes procesionan para limpiar sus pecados y mostrar públicamente su arrepentimiento. Las luces que portan muestran que caminan hacia la luz que es Cristo y siendo un acto público de fe, es una de las más sublimes manifestaciones externas y públicas con las que se pide mejorar.

La manifestación privada de la fe pasa a ser pública y las calles se convierten en una Iglesia. De ahí el engalanamiento de las casas, el adorno de los balcones y el silencio que recorre cada uno de los rincones de la Semana Santa.

Estructura de las procesiones

Todas las procesiones son iguales, o por lo menos muy parecidas y prácticamente todas siguen una estructura muy marcada. Nada esta improvisado y, aunque las imágenes son el eje central del cortejo son los penitentes o cofrades quienes van estructurando la procesión.

Los cofrades o penitentes procesionan en Semana Santa con un atuendo especial. Portan una túnica ceñida, un capuchón (romo o puntiagudo) con el que en algunas procesiones ocultan su rostro y suelen portar cruces o flagelos. Son llamados “Nazarenos” porque originalmente sólo procesionaban en las cofradías de Jesús Nazareno, aunque posteriormente se ha ido extendiendo al resto de hermandades y cofradías.

La jerarquización es muy importante y se desarrolla de menor a mayor importancia. En Roma los cortejos imperiales comenzaban con los estandartes y la música para finalizar con el empereador divinizado. Algo similar ocurre en Semana Santa.

Lo primero que sucede es el anuncio de la procesión. En algunos sitios es el muñidor: una persona que va delante de la procesión tocando la campanilla o carraca, símbolo del paso de un lugar profano a un lugar sagrado. En otros lugares es la banda de cornetas y tambores la que a ritmo marcial va marcando la llegada de la procesión.

La procesión se inicia con la Cruz de Guía o la Cruz Parroquial, que es portada por jóvenes de la parroquia, normalmente monaguillos. La cruz suele ir flanqueada por faroles guía o bocinas que anuncian su presencia. Tras ella, el estandarte de la Hermandad, que recuerda a los pendones romanos y posteriormente comienzan a aparecer los penitentes o nazarenos portando la luz: el camino hacia Cristo.

Van sucediéndose los pasos de la Semana Santa, precedidos por acólitos con ciriales o incensarios y en algunas ocasiones acompañan símbolos romanos, que muestran el poder político que en aquella época acompañó al Señor en su camino hacia el Gólgota.

Primera imagen, casi siempre, el paso del Cristo; tras él, el acompañamiento de la Virgen. Cierra la procesión la presidencia de la Hermandad o Cofradía y las autoridades civiles, que muestran así un importante grado de jerarquización. Tras ellos llegará el Pueblo que acompaña al final la procesión imitando el camino de Jesús en la Vía Dolorosa.

Foto: Fernando Ortuño.


Todo cambia cuando Jesús te mira desde la Cruz. (Un testimonio bellísimo)

21 marzo 2018

Me acerqué a Jesús Crucificado.

Era una imagen que transmitía todo el dolor, angustia y sufrimiento que padeció. Miré a mi alrededor.

Entraba en la Iglesia La Dolorosa, en san José, Costa Rica, donde iba de niño a la misa dominical.

Todo llamaba mi atención. Pero Jesús Crucificado… Sentía que me miraba.

Cristo sufriente me llamaba:

“Acércate Claudio.  Lo hice por ti, por todos”.

Sentí un dolor tan hondo a medida que me acercaba a Él. Me pesaban mis muchos pecados. Las veces que sabiendo que hacía mal, olvidé su amor.

Vino a mi mente la oración de Gabriela Mistral y empecé a rezarla en voz baja, a media que caminaba hacia aquella cruz.

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Imaginé que me encontraba en el monte Gólgota. Escuchaba los insultos, veía su Madre Santísima aferrada a los pies de la cruz. Cuanto dolor y angustia. El hijo de Dios Padre moría en medio de aquél tormento.

Brotaron lágrimas de mis ojos.

Lo contemplé a lo lejos avergonzado de no ser digno de Él, de tanto amor. Veía impresionado la escena. Lentamente me acerqué y abracé los pies de aquella cruz, donde colgaba crucificado mi mejor amigo.

Míralo. Así me miró, con esa dulce mirada con la que me decía: “Te quiero tanto”.

Lo miré sin apartar la vista. Limpié las lágrimas que brotaban de mis ojos

Me miró. Y algo cambió en mi interior. Todo cambia cuando Jesús te mira.

Su mirada bastó para comprender. No necesité más.

Le dije que lo quería.

“Te quiero Jesús”.

Luego solté la cruz y me fui sentar en una de las bancas de aquella hermosa iglesia en Costa Rica. Desde allí lo miré largamente. Contemplé sus heridas y su amor. Vi mis abandonos. Lo indiferente que he sido ante su Amor.

¡Perdón por haberte abandonado tantas veces.

¡Perdóname Señor!

Autor: Claudio de Castro (Aleteia)


El milagro de san José (Un testimonio bellísimo)

19 marzo 2018

Claudio de Castro (Aleteia. 18 de marzo de 2018) Hay historias que nos gusta contar una y otra vez sin cansarnos, pasan de generación en generación y siempre les añadimos nuevos toques que la hacen más interesante.

Éste es uno de esos relatos. Lo leerás de primera mano

Cada año para estos días me gusta mucho hablar y escribir de ello. Fue un acontecimiento que marcó mi vida, Recibí auxilios del cielo que nunca esperé ni imaginé. Pero que me ayudan en la vida cotidiana a caminar con menos miedos, fatigas, incertidumbres. Cuando flaquea mi fe, lo recuerdo y de inmediato me doy cuenta que no hay motivos para dudar.

Dios es un padre bueno y nos envía auxilios de mil maneras. Vive pendiente de ti, que eres su hijo, su hija amada, favoritos entre los que más piensa.

Aquella mañana me encontraba muy afligido.Había invertido todos mis ahorros en unos libros que publiqué con el deseo de ayudar a otros, de tocar corazones, y dar esperanza, pero ni uno solo se vendía. No llegaban a nadie.

Fui al sagrario y hablé con Jesús: “¿Cómo pretendes que ayudé con estos libros si no llegan a nadie?”

Salí del oratorio y vi a un sacerdote. Conversé con él unos minutos. Era el Padre José.  Le pregunté si podía confesarme. He aprendido que, si pierdo la gracia, lo pierdo todo y las cosas me van mal. Con la gracia, todo es posible. Luego de la confesión me dio una amable sonrisa y me preguntó por mi vida, cómo iban las cosas. Le conté. Me entregó una estampita de san José.

“¿Eres devoto de san José?”

“Lo veo en los nacimientos cada diciembre”, respondí apenado.

“Tranquilo. No pasa nada. Pide a San José que intervenga ante su Hijo. He dado este consejo a cientos de personas y ni una sola ha quedado sin ser escuchada por nuestro Padre san José”

Hice como el ben sacerdote me aconsejó.

A la semana llegó un pedido enorme, inmenso, para exportar los libros. Días después una librería me hizo un encargo, luego otra en el Salvador, Costa Rica….

Fui lo más rápido que pude a aquella Iglesia y busqué al padre José.

“No va a creerlo…” le dije.

“Lo sé no tienes que decirme. San José te ayudó, ¿verdad?”

Asentí con la cabeza.

“Ya ves, tenemos un gran intercesor en el cielo, El padre adoptivo de Jesús, a quien Él como a su madre nunca les negará nada”.

Desde entonces promuevo como puedo su devoción.

Tú que lees estas palabras, no temas acudir a san José. Dile que hable con su hijo Jesús, que interceda por tus necesidades. San José te escuchará.

Foto: Coral Sand and Associates


5 razones por las que un católico debe formarse en la fe

12 marzo 2018

Redacción (ACI Prensa. 5 de marzo de 2018 – 3:51 pm.) En la actualidad muchos católicos se encuentran en distintas situaciones en las que son abordados por personas que no comparten las mismas creencias o las cuestionan, y en ocasiones no son capaces de dar respuestas satisfactorias debido a la falta de formación de la fe.

Uno de los pastores de la Iglesia que más resaltan la necesidad de la formación cristiana es Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de la Plata, quien ha alentado a los laicos a formarse “en las verdades de la fe para poder vivir de ellas y adquirir criterios para discernir y evaluar las cosas del mundo”.

En la misma línea de alentar la formación intelectual, el magíster en gestión de la educación, Julián Echandía, compartió con ACI Prensa 5 razones por las que un católico debe formarse en la fe.

1. Porque conociendo la fe se le ama

“Conocer nuestra fe para amarla, porque nadie ama lo que no conoce. Los católicos debemos conocer los contenidos de nuestra fe, porque la fe no es esencialmente un sentimiento sino que es la adhesión de todo nuestro ser a un conjunto de verdades”, explicó Echandía.

2. Porque aprendemos a vivir cristianamente

Si queremos servir al Señor y amar a la Iglesia debemos esforzarnos por formarnos integralmente ¿Cómo podemos vivir cristianamente si no sabemos lo que es nuestro cristianismo?  Esta formación no puede ser superficial sino encarnada e integral. Conocer y amar para vivir.

3. Porque debemos dar razón de nuestras creencias

El experto manifestó que para compartir nuestra fe debemos aprender a dar razón de lo que creemos.

“San Pedro invitaba a los cristianos a que ‘estén siempre dispuestos a dar a todos los que le pidan la razón de su esperanza’ (1 Pe 3,15). Estas palabras también se aplican a nosotros. Mostrar nuestra convicción con argumentos”, precisó.

4. Porque nos permite defendernos

5. Porque nos ayuda a dialogar con aquellos que están alejados de la Iglesia

Finalmente, aseguró que formarnos ayudará al diálogo con los hermanos separados y de otras religiones.

“La mejor manera de dialogar es saber bien cuál es nuestra fe y saber encontrar los puntos que tenemos en común y los que nos diferencian”, concluyó el experto.

Foto: Referencial (Pixabay/Dominio público)